Han salvado millones de vidas y es uno de los descubrimientos más importantes en la historia de la salud humana.
Sin embargo, no son medicamentos para tomar indiscriminadamente.

 

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Un tratamiento con antibióticos mal manejado lo que hace es fortalecer las bacterias y hacerlas resistentes.

Evita la automedicación y sigue al pie de la letra las instrucciones.



 

De hecho, a diferencia de lo que muchas personas piensan, los antibióticos no sirven para tratar una gripa o lo que se llama influenza ya que ellos están causados por virus, no por bacterias.

Los antibióticos sirven sobre todo para combatir las infecciones bacterianas, es decir los “cocos”, unos bichos microscópicos y redonditos que si se salen de control, pueden acabar con poblaciones enteras. Los antibióticos bien utilizados hacen precisamente eso, matan los “cocos”. Pero cuando tomamos un antibiótico en forma inadecuada, es decir menos de la dosis que nos ha recetado el médico o por un tiempo menor al recomendado, en vez de eliminar la bacteria le estamos dando toda la información y el tiempo para que cree mecanismos de defensa contra ese antibiótico. Así, por un lado, el tratamiento de nuestra enfermedad va a ser más difícil ya que es un microorganismo más fuerte de lo que era inicialmente y por otro lado, si contagiamos a alguien, estamos diseminando una cepa de difícil control.

Los cocos generan una cantidad de enfermedades, entre ellas la neumonía, la meningitis, la faringitis y amigdalitis. También se pueden alojar en la piel y generar nacidos. Podemos ser portadores contagiosos sin que a nosotros se nos haya desarrollado aún ninguna infección.

Los estreptococos que causan la neumonía se contagian por vía respiratoria, cuando una persona tose, estornuda, o por las microscópicas gotas de saliva que salen cuando hablamos. De este tipo de cocos hay cepas muy resistentes ya que la automedicación y la mala utilización de los medicamentos ha sido muy generalizada.

¿Cómo protegernos?

Aunque no hay nadie que esté libre del riesgo de contagio, sí hay mecanismos básicos para evitarlo y más importante aún, para evitar que aparezcan cepas aún más resistentes y difíciles de controlar. Está en nuestras manos:

Mantener una excelente higiene. El baño diario, lavar las manos al llegar a casa, al salir del baño, antes de preparar comidas o cuando se estornuda es fundamental.

Utilizar alcohol glicerinado cuando nos bajamos del bus, del metro, o estamos en la calle y no podemos lavarnos las manos con agua y jabón.

Siempre taparnos la boca cuando estornudamos o tosemos, no con la palma de la mano sino con el antebrazo para evitar contagiar a otras personas.

No automedicarnos y NUNCA tomar antibióticos sin que nos los recete un médico ya que esto puede dificultar tratamientos posteriores y crear cepas resistentes.

Aplicar las vacunas obligatorias en niños y las recomendadas en mayores de 65 años.