Jugar no es perder el tiempo, ni para ellos ni para los adultos. Para los chicos es la forma normal de desarrollarse y conocer el mundo que los rodea, para los adultos es desoxidar la creatividad y la espontaneidad.

Más aún, según la UNESCO, el juego es indispensable hasta los siete años y cumple dos funciones fundamentales en el desarrollo de los niños: Primero, ayuda a su osificación, es decir que colabora en el desarrollo de sus huesos, y segundo, promueve la mielinización de su cerebro, de forma que se desarrolla y forma todas las conexiones neuronales que necesita para funcionar perfectamente.

El bebé comienza reconociendo y riendo por los juegos de los mayores, luego, empieza a anticipar, riéndose antes de tiempo o provocando al adulto para que juegue. No se necesita demasiado para inducir al chico a jugar, simplemente un ambiente seguro, padres atentos y mucho cariño.

En los primeros meses, el bebé se centra en su cuerpo y las sensaciones que le produce. Se conoce y reconoce su independencia del mundo por medio de los sentidos. Los juegos repetitivos son su delicia. La mejor manera de jugar con él es relacionar una canción o un estribillo corto con una melodía fácil y con una caricia determinada (por ejemplo, pellizquitos suaves desde la mano hasta el pecho y terminar con unas cosquillas), repitiéndolos con ritmo juguetón para que el bebé puede asimilarlo, reconocerlo, anticiparlo y luego jugarlo por sí mismo. Cuando esto ocurre, es síntoma de que se desarrolla su atención, su capacidad motriz y aumenta su curiosidad.

De uno a cuatro años, el niño comienza a interesarse por lo que pasa a su alrededor y empieza a apropiarse de una serie de actividades y actitudes que ve en los adultos. Su mayor diversión es interpretar los roles de quienes lo rodean. Más que inventar, imitan, y si hay actitudes que los padres desaprueban deben autoexaminarse porque es posible que provengan de sus propias acciones.

El cerebro del chico está en formación y aún no sabe interpretar conceptos abstractos. Aprende a medida que vive las cosas. No entiende qué es un caballo hasta que juega a serlo o lo conoce en persona. Sus juegos repiten la vida cotidiana.

Poco a poco comienza a encadenar acciones y a percibir causas y consecuencias: calienta la sopa antes de servirla, desviste al muñeco antes de bañarlo, etc. De ahí en adelante, los juegos de los pequeños se harán más complejos. Dejará de recrear los espacios cotidianos para vivir unos imaginarios. Esto también depende de la participación de los adultos que jueguen con él. Un adulto con imaginación que se tome el café que le sirve a su hija, le comenta que está delicioso y se saborea las galleticas de chocolate (trocitos de tela), o se esconde con el pequeño para despistar al lobo, o le alaba el collar que se hizo con un cordón, es un adulto que le está estimulando su propia imaginación. Así, un cubo de madera azul es a los ojos del niño, además de un cuadrado madera, una casa donde vive un chico, con un perro peludo y un pájaro que se come los mangos del jardín.

La vida se aprende jugando

El niño aprende es a través del juego. Parte de reconocerse a sí mismo y aprender límites es llevar la contraria y nada mejor que el juego para que los padres logren invitarlo a hacer algo a lo que él se niega. En vez de obligarlo a bañarse es más fácil invitarlo a pescar en la ducha. En vez de regañarlo para que coma, es más productivo invitarlo a hacer una cena para cinco, con todos sus muñecos.

Enfrentar lo malo con el juego

Al igual que el niño recrea lo bueno para aprehenderlo, recrea la violencia, el poder y todo aquello que le da miedo para exorcizarlo y comprenderlo. Al jugar a ser un Power Ranger, o un bandido, el chico está descargando su agresividad sin producir conflictos. (No está agrediendo a una persona real sino a un personaje ficticio).  Prohibir estos juegos es frenar el canal de salida y de comprensión de lo malo, lo duro y lo conflictivo de la vida.

Por medio del juego el niño comprende y se apropia del mundo que lo rodea.

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